domingo, noviembre 14, 2010

La familia en P. Morales - Por Bienvenido Gazapo



Tomado de: http://www.cruzadosdesantamaria.es/documentacion/documentacion_valores_familia-pmorales.html


ENSEÑANZAS DEL P. TOMÁS MORALES SOBRE LA FAMILIA
(COMENTARIO A ALGUNAS PÁGINAS DE SU LIBRO HORA DE LOS LAICOS)
(Cáceres, 11 marzo 2001)


El objeto de estas reflexiones que os brindo es el de animaros a todos los esposos y padres de familia que estáis aquí a que no desistáis de la más bella labor que podéis desarrollar y de la mejor aportación humana que el cristianismo puede ofrecer a la sociedad a través de vosotros: Ser esposos y padres cristianos. Lo quiero hacer desde alguna de las enseñanzas del P. Tomás Morales sobre este tema.


Está por realizarse todavía el trabajo de seleccionar todas las reflexiones del P. Morales sobre el matrimonio y la familia. Era un tema que le preocupaba y por el que manifestaba, como educador de jóvenes que era, especial sensibilidad. Se pronunció sobre él en muchas ocasiones a lo largo de su vida, pero casi todas en el contexto de homilías o charlas, lógicamente dispersas en el tiempo. Su aportación más sistemática es la de su libro Hora de los laicos (p.331-346 de su primera edición agotada, que esperamos sacar pronto a la luz en segunda edición). No pretende hacer allí un estudio antropológico o teológico de la familia. Su intención, como en todos sus escritos, es pastoral: animador de los laicos, nos presenta la grandiosidad de la vocación matrimonial.

Cinco grandes afirmaciones entreveradas de conclusiones para la acción nos ofrece el P. Morales en las páginas citadas:
1ª. La familia es clave de bóveda de la sociedad,
2ª. Es embrión de toda forma de comunidad política
3ª. Es Iglesia en miniatura
4ª. Es objetivo a batir por el ateísmo contemporáneo
5ª. Necesita del estímulo de la vida consagrada.

1ª. El P. Morales concibe la familia como esa piedra angular central de nuestras bóvedas góticas sin la cual toda la techumbre del edificio se desmoronaría. Clave que sostiene el edificio social, la familia es «célula primera y vital de la sociedad, porque “el creador del mundo estableció la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana”[1]» (p.332). Reflexionemos un poco sobre esta afirmación.


Para el P. Morales, en línea con todo el pensamiento cristiano:


a) La familia no es un mero producto de la relación sexual común a todas las especies vivientes que apunta a la procreación (los animales no forman estrictamente hablando familias, aunque procreen y protejan a sus cachorros). La familia, ciertamente existe por naturaleza (pero una naturaleza espiritual del hombre, es decir, un ser trascendente, capaz de darse): «La persona humana tiene inscrita en sí misma la dimensión conyugal. La vocación de la persona humana, es la comunión interpersonal que se constituye mediante el don de sí misma (la otra es la virginidad consagrada). Una forma de realizarse, de perfeccionarse»[2].
b) Tampoco es solamente una creación cultural propia de una determinada sociedad o sistema de pensamiento ni tampoco una mera forma de contrato entre dos individuos sino «una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor»[3]. «Debemos anunciar a todos, dirá el Padre, “que el verdadero amor y la gracia de Dios nunca pueden permitir que el matrimonio se convierta en una relación centrada en sí misma de los individuos que viven el uno junto al otro buscando su propio interés»[4]. Aunque el matrimonio revista manifestaciones determinadas por las culturas, es un «proyecto primitivo de Dios, ofuscado en la historia por la “dureza de corazón”, pero que Cristo ha venido a restaurar en su esplendor originario, revelando lo que Dios ha querido “desde el principio” (cf. Mt, 19,8) (en el que) elevado a la dignidad de sacramento se expresa además “el gran misterio” del amor esponsal de Cristo a su Iglesia” (cf. Ef, 5,32)»[5] . El matrimonio y la familia tienen pues un “origen divino”, no constituyen un “accidente”, son una “vocación”.


2ª. Embrión de toda comunidad política. Lugar, donde «la nación (la sociedad organizada políticamente diríamos hoy) encuentra la raíz natural y fecunda de su grandeza»[6], porque es escuela de maduración personal, donde el otro es reconocido como otro, pero también de complementariedad, de solidaridad. En ella, «los bautizados, cristianando la familia, la convierten en vivero de hombres y mujeres, forman padres y madres de familia que sean ejemplares en el cumplimiento del deber profesional, social y familiar» (p. 337).


Mirando hacia adentro, hacia la intimidad familiar, es el matrimonio la primera comunidad natural porque en él se ofrece la primera y permanente revelación de la complementariedad de dos personas que se necesitan por su radical indigencia y que se plenifican como hombre-mujer precisamente por la comunión entre ellos. Más aún, no puede existir hombre sin ser engendrado mediante un acto de comunión conyugal. La maternidad –afirma Mons. Caffarra– es un don hecho a la esposa por el esposo y la paternidad es un don hecho al esposo por la esposa. El hijo, es una tercera persona ―radicalmente distinta, indigente y comunicativo― pero “de los dos”. Es también la familia escuela natural de convivencia social por la profunda riqueza de ese humus donde se ama y se es amado personalmente, es decir por lo que es; donde se comparten valores y limitaciones de cada uno en un profundo respeto; donde se protege al débil, pero haciéndole crecer; donde existiendo la variedad de dones personales, son a la vez transferibles gratuitamente, afirmándose la verdadera sociabilidad de la persona.


Educad en vuestros hijos toda la persona (su cabeza, su cuerpo, su corazón, diría el Padre), enseñándoles a pensar, a dominar sus tendencias, a amar con profundidad, pero desde la generosidad de compartir todo y siempre. Así, vuestra familia se convertirá «en la primera e insustituible escuela de socialidad, ejemplo y estímulo para las relaciones comunitarias más amplias en un clima de respeto, justicia, diálogo y amor»[7].


Mirando hacia afuera, la familia ofrece otro gran regalo a la humanidad: Se convierte en un muro resistente frente a la alienación del hombre por parte del estado totalitario (que niega radicalmente la libertad de la persona en el caso dictatorial o puede adormecerla sutilmente en las sociedades democráticas permisivas, que termina conduciéndonos a «una sociedad que corre el peligro de ser cada vez más despersonalizada y masificada, y por tanto, inhumana y deshumanizadora»[8]), porque la familia «posee y comunica todavía hoy energías formidables, capaces de sacar al hombre del anonimato, mantenerlo consciente de su dignidad personal, de enriquecerlo con profunda humanidad»[9].


3ª. La familia es también Iglesia. Partiendo de la afirmación de Juan Pablo II de que la familia es el «área principal de acción cristiana para los seglares, el lugar donde especialmente se ejercita vuestro sacerdocio real», nos abre horizontes de esperanza: «Cristianizada, la savia del Evangelio vivificará otras estructuras profanas. Multiplicará los hijos de la Iglesia y multiplicará el mundo de almas consagradas» (p.333), porque es «manantial fecundo de llamamientos al sacerdocio o a la vida consagrada que son la esperanza de un mundo que anhela salvarse del influjo de un egoísmo brutal, contemplando vidas ofrecidas a Dios, rebosantes de amor a los demás» (p,337).


Pero al llegar a este punto es preciso que realmente nos convenzamos de que «los padres son los primeros educadores en la fe de sus hijos» (p.331), no los profesores del colegio o los catequistas de la parroquia. «Nadie puede reemplazarlos. También son los inspiradores natos de la santidad en ellos. Les conducen y alientan para alcanzarla» (id.). Importante afirmación ésta, en uno de los momentos de la Iglesia en Europa y España en que parece que los laicos, a pesar de todo lo que hablamos de nuestra mayoría de edad, no tenemos demasiada ilusión por aspirar a la santidad. Sin embargo Juan Pablo II acaba de exhortarnos a ello: «No dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral (del nuevo milenio) es la de la santidad (...). Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio (...) es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios (...) sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial (...). Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no debe ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad (...). Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección»[10].


Es, pues importante que los padres deis ejemplo a vuestros hijos con vuestras vidas de tensión hacia la santidad, pues estas cosas se transmiten por ósmosis. Y que en vuestra familia, esta meta sea objetivo habitual como lo es el que crezcan sanos, aprendan idiomas, hagan deporte.


Los sacramentos, especialmente el del matrimonio que habéis recibido y el de la Eucaristía os alcanzarán las fuerzas: «el sacramento del matrimonio comunica a los cónyuges incesantes ayudas sobrenaturales para cumplir tan delicada y trascendental misión» (p. 335). Es importante pues que os abráis a la vida divina en vuestras familias y mostréis a los hijos el camino de la santidad también en la vida consagrada. Dios llama siempre y llamará con más fuerza en el seno de vuestras familias. No os neguéis nunca a ser colaboradores de Dios. Vivid desprendidos. preparad sus caminos. Y digo más: pedid la gracia de que Dios os bendiga con un hijo o hija consagrado totalmente al Señor.
Consecuencia de la vida divina que exista en vuestra familia será su profundo alcance evangelizador «al servicio de la edificación del reino de Dios en la historia por su participación en la vida y misión de la Iglesia»[11] al que parece hemos renunciado. Tengamos en cuenta dos matices: el primero de ellos es que la familia es cofre protector de la fe de nuestros hijos: «la oleada laicista podrá anegarlo todo, pero la fe no se apagará si el baluarte familiar queda en pie (...) pues “la Iglesia doméstica es el único ámbito donde los niños y los jóvenes podrán recibir una auténtica catequesis”[12]» (p.334). Pero este primer aspecto se queda corto para un cristiano auténtico. Y yo me quedaría insatisfecho si no os propongo un segundo matiz, quizá heroico en estos tiempos de superficialidad y mediocridad: No podemos concebir a la familia solamente como un refugio contra el frío espiritual que invade nuestro mundo. Es preciso y Dios lo quiere de vosotros, que la experiencia de vuestra vida de familia se convierta en apostolado específico vuestro. Que la viváis como profecía de una realidad feliz que hay que devolver al hombre contemporáneo: que le digáis a voces a la gente que os rodea (quizá sin palabras) que sin divorciaros, amándoos con fidelidad; que sin llevar dobles vidas, aceptando al otro/a como es; que viviendo austeramente en vuestra familia, sin tener coches, casas, vacaciones, televisores por duplicado o triplicado; que sin abortar, acogiendo los hijos que os vayan llegando, etc., sois felices.


4ª. La familia es hoy el objetivo a batir por el ateísmo individualista contemporáneo[13]. Me estoy refiriendo al materialismo hedonista de la sociedad occidental (dando por supuesto que el marxismo en todas sus manifestaciones también ha intentado arrasarla): Parejas de hecho, homo o heterosexuales, compañero / a sentimental, etc. Se están ofreciendo como sucedáneos al matrimonio. Los datos son preocupantes, pues el número de matrimonios o parejas que se rompen al año en España va en aumento creciente, superando ya el 30% de las mismas[14]. Es por tanto éste un problema grave para Europa occidental en cuyo análisis no voy a entrar ahora (aunque recordemos que una de las causas del hundimiento del Imperio romano fue el de su atonía demográfica, frente al vigor de los pueblos bárbaros. Que según los informes demográficos, dentro de cincuenta años España será el país con más viejos del mundo. Que hagamos o no leyes de extranjería, dentro de una veintena de años, España será un país multirracial porque el impulso demográfico de África e Hispanoamérica es imparable y no hay visos de desarrollo social y económico de justicia en esas áreas del planeta: alguien tendrá que trabajar para soportar a una sociedad con un 30% de ancianos y algún que otro niño). Y es, por tanto, un problema grave para la Iglesia porque «el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia»[15].

5ª. El Padre Morales aporta una solución original a este problema. Aparte de invitarnos a todos a imitar el ejemplo de «santa valentía e intransigencia de los papas (para) defender la santidad del matrimonio, la dignidad de la familia, el derecho a la vida. No tiemblan ante calumnias, injurias, tergiversaciones, tachándoles de retrógrados, de enemigos del progreso y de la libertad» (p.338), propone como tarea a la vida consagrada la de fortalecer los fundamentos de la familia.


El misterio de unión esponsal de Cristo con la Iglesia que refleja el matrimonio cristiano, se hace realidad en la vida consagrada, que es un verdadero desposorio entre Cristo y una persona humana. De ahí la trabazón íntima entre ambas realidades, más si el consagrado es un laico.


Sale al paso de una posible dificultad que se puede presentar en el orden práctico y abre pistas de actuación: «Ayudar a cristianar la familia es tarea de cualquier laico, sea casado o permanezca célibe (...). Pero ¿cómo podrá hacerlo si, consagrándose a Dios, renuncia a constituirla? La dificultad parece insoluble. Y sin embargo, el consagrado contribuye desde fuera a cristianar la familia más que si formase una (...). Anima, con su fidelidad virginal al Señor, a los padres para que vivan el sacramento del matrimonio (...). Defiende con su actitud sencilla y valiente los valores de la familia prolífica y unida (...). Se siente padre forjador del carácter (de los jóvenes). En la gestación de la familia, el laico consagrado, influye: Antes y en el noviazgo, educa la pureza y generosidad de los futuros esposos. Les enseña, con su vida ofrecida, que sólo pueden formar una familia contando con un cuantioso capital de vida interior (...) educa a la juventud en la serenidad para no precipitarse en la elección del cónyuge (...). En la familia ya formada, el laico ofrecido que convive codo con codo con el casado en las otras realidades temporales, le enseña a desprenderse de su egoísmo (...). Educa en la generosidad a los hijos de ese matrimonio para que sepan embellecer el atardecer de la vida de sus padres» (p.340-343).


*


Bellas páginas las del P. Morales. Hermosísima y profunda la doctrina católica. Mucho más hermosas son, sin embargo, vuestras vidas gastadas día a día ocultamente, con amor. Creced. Dad plenitud evangelizadora a vuestras vidas. No caminéis solos por el mundo. Agrupaos. Vivid en común esta espiritualidad maravillosa que Dios nos ha regalado.



[1] Vaticano II, Apostolicam Actuositatem, 11; Juan Pablo II, Familiaris Consortio, 42.



[2] C. Caffarra, Matrimonio y familia en la doctrina social de la Iglesia, p.2.



[3] Pablo VI, Humanae Vitae, 8.



[4] Juan Pablo II, A los laicos en Limmerick (1.10.1979),5.



[5] NMI, 47.



[6] Pío XII, 1.6.1941.



[7] Familiaris Consortio, 43.



[8] Id.



[9] Id.



[10] Novo Millennio Ineunte, 30-32.



[11] Familiaris consortio, 49.



[12] Catechesi Tradendae, 68.



[13] Juan Pablo II en su última carta Apostólica Novo Millennio Ineunte insiste sobre el problema: «Una atención especial se ha de prestar también a la pastoral de la familia, especialmente necesaria en un momento histórico como el presente, en el que se está constatando una crisis generalizada y radical de esta institución fundamental (…). En este punto la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy extendida y a veces “militante”. Conviene (que) mediante una educación evangélica cada vez más completa, las familias cristiana ofrezcan un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana» (47).



[14] En el año 1981, en que se aprobó la ley del Divorcio en España, el número de separaciones y divorcios sumaban 16.324. En 1996, era de 83.888 (ABC, 8.6.98). Se ha incrementado, pues en más del quinientos por cien.



[15] Juan Pablo II a la Federación de consultores Familiares, (29.11.80), 4.


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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Tiene bemoles que hables del padre Morales y la familia, cuando no habéis hecho ni caso de lo que el Padre quería como grupo para las familias formadas por los militantes y con el carisma de la Milicia. La excepción hecha norma, eh? Tú sabes perfectamente de qué se trata. Nunca es demasiado tarde para hacer las cosas bien. Inténtalo, por el bien de la Cruzada y la Milicia de Santa María, aunque se viva más a gusto entre quien no te dirá una mala palabra (tampoco la verdad del tema) y será tu refugio afectivo. Alguna vez estaría bien que dedicaras algo de tiempo a la
Milicia, alguna vez...
Con todo el cariño de uno de los tuyos, quien sabe que eres un ejemplo de perseverancia en la vocación y que, en un tiempo, tu fuego apostólico incendiaba allá por donde ibas